lunes, 31 de enero de 2011

¿Y ahora qué?

Te despiertas una mañana, ignoras la hora que es, te quedas mirando al techo. Durante los próximos minutos recuerdas el último sueño. Sí, estaba él. Te quitas el edredón de encima con cierta dificultad y frotas tus ojos con las manos. Pero nada cambia.
En el espejo del cuarto de baño está una versión de ti en que la no confías. "Yo no tengo esos ojos medio cerrados" "Mi pelo no está nunca tan enredado". Pero es pronto, ¿A quién le importa?
Y, durante el resto del día... Esa estúpida sensación en el estómago que te dice que estás haciendo las cosas mal, que te estás equivocando, que ese no es el camino correcto. Mientras tanto, en la televisión, las parejas dibujan sonrisas que alimentan ese dolor. Esa sensación se convierte lentamente en angustia.
Siempre haces tu vida, pero en algún momento tienes que volver a casa, a tu cuarto, con la puerta cerrada y en silencio. Podrías sentarte en el sofá con tu familia pero cierta idea masoquista de autodestrucción puede más que tú y prefieres quedarte en tu cuarto, con la playlist "Hoy mi vida es muy triste" de Spotify.
Fin de otro día más.



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