sábado, 9 de abril de 2011

No le odias

Está confirmado. Tras varias lágrimas de experiencia y varios golpes dolorosos contra muros de cristal, he conseguido tener la práctica suficiente como para poder decir esto sin equivocarme.

No somos perfectos, y no lo seremos ni imitando a las parejas de las novelas románticas que día a día nos hacen llorar de emoción al ver la escena final de la pareja que come perdices. Nosotros, en cambio, por comer no comemos ni una triste manzana. Hemos sufrido lo que no está escrito y eso solo lo sabemos tú y yo. Y sí, todo el mundo piensa que lo sabe todo, chuleando en el peor momento de nuestras vidas con la frase “te lo dije” saliendo de sus bocas con un claro tono de tristeza y humildad fingidas.

Pero más que saber lo que has sufrido tú, sé lo que he sufrido yo.

Tu silencio del principio me llevó a realizar maratones de neuronas en mi cabeza esperando darle el premio a la que adivinara el por qué de tu comportamiento austero. El cambio de temas ya era algo tremendamente preocupante, y para terminar, una consistente ración de desaires, excusas y contestaciones dieron lugar a un delicioso distanciamiento. Aún hoy, día en el que mi sonrisa puede lograr pasear a sus anchas, me pregunto la causa.

Días y noches, ambos salieron y se pusieron opuestamente durante el tiempo que nuestras breves y tensas conversaciones tuvieron lugar, mientras una manta, cuyo lugar de origen era el cajón junto al sofá, recorría cada espacio de mi piel, que temblaba... ¿por el frío? Y yo, harta, asqueada y saturada, maldecía cada letra de tu nombre, cada baldosa de la ciudad que pisabas, cada pelo de tu brillante cabello que cuidadosamente descuidabas y cada palabra que reposaba perturbando la paz en mis archivos de cartas. Tristeza, agonía, cólera, rabia y angustia. Todo ello formaba un abanico de sentimientos odiosos arremolinados en lo más hondo de mi alma.

Pero aun así, todo porcentaje que se precie no llega al 100%.

Y alguna vez de tus finos y sensuales labios resultaba una frase, quizá solo una palabra, o, ¿quién sabe?, una sonrisa o cualquier gesto amable. Y eso era lo que me hace ahora estar pensando en ti. Porque aunque tres meses los pasaras evitándome, siendo borde, y un solo día me dijeras algo bonito, ya me tenías suspirando por nuestros recuerdos, deseando que entraras por la puerta, rodearas mi cintura y me susurraras al oído aquellas palabras de hace no tanto tiempo.




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