viernes, 26 de agosto de 2011

21 gramos es el peso de un alma, tal vez el de un ruiseñor...

"¿Cuántas vidas vívimos? ¿Cuántas veces morimos? Dicen que todos perdemos 21 gramos en el momento exacto de la muerte, todos. ¿Cuánto cabe en 21 gramos? ¿Cuánto se pierde? ¿Cuándo perdemos 21 gramos? ¿Cuándo se va con ellos? ¿Cuándo se gana? ¿Cuándo... se gana? 21 gramos el peso de 5 monedas de 5 centavos, el peso de un colibrí, de una chocolatina. ¿Cuánto pesan 21 gramos?"
Si es cierto eso que dicen de que al morir se pierden 21 gramos... ¿Debemos entender, pues, que se trata del peso del alma? ¿De ese alma separada del cuerpo físico que tantas discuciones y dolores de cabeza les ha costado a los filósofos? ¿Ese alma que asciende al cielo según la religión cristiana? Si de verdad estamos hablando de algo real, de algo que existe y tiene un peso calculado, de algo que es la responsable de nuestros sentimientos, emociones, recuerdos, forma de ser... Eso se nos viene muy grande. Y entonces... ¿Sólo 21 gramos? ¿Aquello que me hace ser quien soy sólo pesa eso?

Pues lo siento, querida realidad, pero permiteme que dude que el alma de una persona como mi abuelo sólo pese eso. Él era una de las personas más íntegras, trabajadoras, fieles y con verdaderos y buenos sentimientos que he conocido.

Desde que nosotros vinimos al mundo, tanto él como mi abuela nos han cuidado con inmenso cariño. Era él quien nos daba largos paseos cuando aún nuestras piernas eran demasiado pequeñas para ir por sí solas. Era él quien no protestaba si tenía que pasar un día entero sentado en un banco del parque mirando cómo nos llenábamos de arena. Era él quien siempre estaba en casa sentado en su sillón sonriendo de aquella manera tan dulce y entrañable. Era él quien siempre tenía palabras de ánimo y quien nos ponía a la altura de las estrellas delante de los demás. Era él una de las muy pocas personas que jamás ha levantado la voz hacia nosotros.

Todavía puedo recordarlo sentado en la cocina, en aquel rincón, en su rincón, escuchando la radio mientras tomaba su aperitivo. O durmiendo en su sillón, imperturbable a pesar de la cantidad de ruido que hacíamos. Sonrío cuando mi familia me recuerda a menudo aquellos paseos que me daba cuando yo era un bebé y el sol me dejaba las manos morenitas y el resto del cuerpo no, porque era eso lo que yo dejaba asomar desde mi sombrilla para agarrar fuertemente mi silla. También me cuentan que en su casa fue donde aprendí a andar a mis 9 meses. Y mil y un momentos más que podría enumerar, como sus visitas a mi habitación mientras yo jugaba para ver que yo estaba bien, o las historias que me contaba sobre su pueblo, o la cantidad de semanas en las que me quedaba con ellos en su casa...

Es curioso, el día antes de fallecer mientras dormía, estaba mejor que de costumbre. Si bien había decaído en los últimos dos meses aquel día estaba más cuerdo que otras veces. Supongo que sabía que era su último día y que debía despedirse de su mujer y sus hijos. Sobre todo por el hecho de que pidió expresamente que le sentaran junto a mi abuela, cosa que no hacía en demasiado tiempo. La naturaleza es sabia, o eso parece, ¿No es cierto?

Es duro ver que ahora su sillón está vacío. Que jamás volveremos a verle y nunca más nos podrá dedicar aquellas sonrisas tan tiernas. Ahora sólo queda consolar a mi abuelita, a quien jamás había visto antes tan sola en el salón. Sólo queda recordarle toda la vida, y darle las gracias por todo lo que ha hecho por nosotros. Sé que aunque él ya no está aquí sabrá que esto es mi despedida, junto a aquel clavel blanco que puse en su panteón, y sé que desde algún lugar ahí arriba, su lugar, él lo podrá ver y nos mandará todo su apoyo.

Adiós abuelito... Siempre te llevaré en mi corazón. Es cierto que ahora más que nunca necesito tu apoyo y tus palabras, pero sé que es mejor así, que debes irte. Has tenido una vida completa aquí y ya es hora de despedirse de todo, ya es hora de que disfrutes de la paz que tanto te mereces. Pero no te vayas sin saber que te quiero, aunque pocas veces te lo haya dicho, cosa de la que ahora me arrepiento. Este es el final de tu película, y la guardaremos para siempre en el baúl de los recuerdos. Suerte en tu viaje y en tu nueva vida.



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