miércoles, 13 de junio de 2012

Tarde, pequeño.

"¿Cuándo se decide que es demasiado tarde?" Me preguntaste, tumbado el hierba mientras te acariciaba el pelo. Era una de esas preguntas que los mejores amigos se hacen mirando juntos hacia las nubes. La curiosidad inocente te invade de repente porque piensas que nunca lo sabrás.

Ha pasado tiempo desde entonces. Demasiado. Tanto que mi sonrisa ya no es la misma. Se ha aburrido de esperar. Y ya no tengo tiempo. Me pregunto durante cuánto tiempo hay que aguantar los desaires, los recuerdos, las lágrimas. Pero llega un momento en el que toda la perspectiva cambia. Incluso de la forma que ves a aquella persona que no hacía mucho te regalaba su tiempo.

Vale, puedes irte. Escucharé tus pasos alejarse por el corredor mientras me quedo de espaldas a ti, todavía en mi habitación, cada día un poco más vacía. Me quedaré con la mirada perdida en algún momento lejos de aquí, y cuando vuelva a la realidad justificaré lo que haces y miraré hacia otro lado. O quizá hoy no. Puede que ya no me apetezca fingir que tengo valor para eso. Tienes un problema, pero no es mi problema. Por mí puedes perderte a kilómetros de aquí hasta que me eches de menos. Puede que cuando eso ocurra me cojas de las manos y me mires a los ojos. Pero mejor búscate a otra persona que no te deje marchar, no me pidas ayuda, porque has cambiado. Empezaste salpicándote de barro, pero ahora estás completamente sumergido en el hondo charco.

"¿Que cuándo se decide que es demasiado tarde? Imagino que este es el momento, que así es como llega... Porque ahora lo es".



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