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De música ligera


Era uno de esos sitios donde se puede estar solo. Un pequeño bar al fondo del callejón. Música lenta y suave, luz tenue, recuerdos abarrotando las paredes... Allí la gente no hacía ruido, sus murmullos eran parte de la banda sonora, entremezclados con la melodía estéreo. En el centro de cada pequeña mesa de madera se consumían velas en recipientes variopintos. Su llama era tan hipnotizante como los reflejos de la cera líquida al fondo del vaso. En el techo, hecho de vigas de madera y simulacros de adornos antiguos como barriles colgantes, luces de colores escondidas teñían toda la estancia de violeta, azul eléctrico y verde limón. Y nunca hacía frío. Uno se podía acomodar en sus sillones acolchados y mirar las gotas de lluvia caer a través del escaso ventanal.
En esos sitios uno puede ir con una novela y nadie se extraña. Todos los que están allí han estado solos alguna vez. Y no eres el único. En otra mesa se puede encontrar a un chico con un capuccino escribiendo en una libreta, quizá notas de amor, o quizá los garabatos de un futuro libro que se perderá en alguna vieja y chirriante estantería de biblioteca. Y no te sientes solo. A veces sólo se necesita eso, tranquilidad sin tener en cuenta nada más, dejar la vida fuera empapándose con la que está cayendo. No es uno de esos sitios a los que uno va solo a sentirse triste, sino a estar solo y sonreír.



-Pensó alguien, una vez.

Que ni tanto ni tan poco, dicen. Egoísta eres si sólo cuentas tus problemas a los demás. Tonto si aguantas los suyos y nunca te pronuncias. Quizá exista un perfecto equilibrio entre ambas. Pero toda esa línea se desdibuja cuando la señales luminosas te advierten de que se va a alcanzar el límite de lo permitido. Y un buen día parece que el cosmos se alinea para que llueva, truene, granice y diluvie al mismo tiempo. Entonces recuerdas, pues aquellos que se llaman amigos te han dicho que les llames, que les cuentes, que les digas... Pero, ¿En serio? ¿Y cómo quieren que lo hagas? Lo más seguro es que ellos estén posando sus tristezas como cascadas sobre tus hombros. Pero esos días elegidos, esos en los que tus lágrimas te dicen "¡Eh, cuidado, voy a estallar!" no ves más allá, ellas te ciegan, te nublan la vista, y hacen que todo sea más descomunal, como una lupa de lo oscuro. Y te dan ganas de cortarles y decirles "Oye, sé que esto es importante, pero... ¿Te importa dejarlo para otro momento? Es que tengo un nudo en la garganta que me duele" -Dijo nadie, nunca. Venga, vete a por todos esos libros de texto, tantos y tan pesadísimos, esos del colegio, y a ver qué dicen. Que, la verdad, entre océanos y poemas podrían habernos enseñado algo de la vida.


Una pequeña mentirosa

Ella cogió su gabardina de la percha, se la puso acomodando su ondulado cabello y salió por la puerta con una sonrisa dibujada. Aquel iba a ser un gran día. Había pensado una sorpresa para él, por su aniversario. Se pasó toda la tarde en la cocina, preparando un (al menos aparentemente) delicioso asado al horno. Envolvió su regalo con papel vintage a rayas, le colocó un lazo cuidadosamente atado y adornado con un crisantemo anaranjado. Estaba colocándolo todo en el apartamento de él, preparando una mesa  con mantel, velas y vino. Mientras lo hacía recordaba todos los momentos a su lado. Ese primer beso tan improvisado, cuando nadie lo esperaba, todas esas noches, los bailes, las flores que él le regalaba... Y sonreía casi sin darse cuenta. Aquella noche debía ser perfecta para ambos. Y él no debería tardar mucho más en llegar. Ella se limpió las manos con un trapo de cocina y abrió uno de los cajones, donde él solía guardar los paños. Rebuscó en él, pero no había ningún paño. Palpó distintos objetos que no reconocía hasta que se decidió a mirar más a fondo. Y fue cuando lo descubrió. Eran fotos de ella, de la otra ella. Pero no sólo eso. Ese cajón estaba lleno de mentiras, de pruebas que confirmaban que era él el asesino de su corazón. Dejó caer todo al suelo como si hubiese tocado una araña venenosa. Sus ojos se empaparon en lágrimas mientras se llevaba horrorizada las manos a la boca. Se negaba a creerlo, pero ahí estaba, todo delante de sus propios ojos, y ella tan ciega... Al principio pensó que no podía ser así, debía haber otra explicación, sí, eso. Se fue corriendo de aquel apartamento dejando el delantal en el suelo y la mesa puesta, con las velas consumiéndose y la música romántica sonando de fondo. Su casa se convirtió en su refugio durante los próximos días. No quería saber nada de él, tan siquiera de sus amigas. Sólo necesitaba explicarse todo aquello, pensar. Y, poco a poco, los días fueron dando sentido a todo. Salieron pruebas y más pruebas, rebuscó por cada rincón de la ciudad. Hasta que, finalmente, se vio a sí misma en el cementerio, rallando con una llave su nombre en una lápida. Estaba muerto para ella.

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