domingo, 17 de marzo de 2013

De música ligera


Era uno de esos sitios donde se puede estar solo. Un pequeño bar al fondo del callejón. Música lenta y suave, luz tenue, recuerdos abarrotando las paredes... Allí la gente no hacía ruido, sus murmullos eran parte de la banda sonora, entremezclados con la melodía estéreo. En el centro de cada pequeña mesa de madera se consumían velas en recipientes variopintos. Su llama era tan hipnotizante como los reflejos de la cera líquida al fondo del vaso. En el techo, hecho de vigas de madera y simulacros de adornos antiguos como barriles colgantes, luces de colores escondidas teñían toda la estancia de violeta, azul eléctrico y verde limón. Y nunca hacía frío. Uno se podía acomodar en sus sillones acolchados y mirar las gotas de lluvia caer a través del escaso ventanal.
En esos sitios uno puede ir con una novela y nadie se extraña. Todos los que están allí han estado solos alguna vez. Y no eres el único. En otra mesa se puede encontrar a un chico con un capuccino escribiendo en una libreta, quizá notas de amor, o quizá los garabatos de un futuro libro que se perderá en alguna vieja y chirriante estantería de biblioteca. Y no te sientes solo. A veces sólo se necesita eso, tranquilidad sin tener en cuenta nada más, dejar la vida fuera empapándose con la que está cayendo. No es uno de esos sitios a los que uno va solo a sentirse triste, sino a estar solo y sonreír.



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