martes, 12 de marzo de 2013

-Pensó alguien, una vez.

Que ni tanto ni tan poco, dicen. Egoísta eres si sólo cuentas tus problemas a los demás. Tonto si aguantas los suyos y nunca te pronuncias. Quizá exista un perfecto equilibrio entre ambas. Pero toda esa línea se desdibuja cuando la señales luminosas te advierten de que se va a alcanzar el límite de lo permitido. Y un buen día parece que el cosmos se alinea para que llueva, truene, granice y diluvie al mismo tiempo. Entonces recuerdas, pues aquellos que se llaman amigos te han dicho que les llames, que les cuentes, que les digas... Pero, ¿En serio? ¿Y cómo quieren que lo hagas? Lo más seguro es que ellos estén posando sus tristezas como cascadas sobre tus hombros. Pero esos días elegidos, esos en los que tus lágrimas te dicen "¡Eh, cuidado, voy a estallar!" no ves más allá, ellas te ciegan, te nublan la vista, y hacen que todo sea más descomunal, como una lupa de lo oscuro. Y te dan ganas de cortarles y decirles "Oye, sé que esto es importante, pero... ¿Te importa dejarlo para otro momento? Es que tengo un nudo en la garganta que me duele" -Dijo nadie, nunca. Venga, vete a por todos esos libros de texto, tantos y tan pesadísimos, esos del colegio, y a ver qué dicen. Que, la verdad, entre océanos y poemas podrían habernos enseñado algo de la vida.


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