viernes, 8 de marzo de 2013

Una pequeña mentirosa

Ella cogió su gabardina de la percha, se la puso acomodando su ondulado cabello y salió por la puerta con una sonrisa dibujada. Aquel iba a ser un gran día. Había pensado una sorpresa para él, por su aniversario. Se pasó toda la tarde en la cocina, preparando un (al menos aparentemente) delicioso asado al horno. Envolvió su regalo con papel vintage a rayas, le colocó un lazo cuidadosamente atado y adornado con un crisantemo anaranjado. Estaba colocándolo todo en el apartamento de él, preparando una mesa  con mantel, velas y vino. Mientras lo hacía recordaba todos los momentos a su lado. Ese primer beso tan improvisado, cuando nadie lo esperaba, todas esas noches, los bailes, las flores que él le regalaba... Y sonreía casi sin darse cuenta. Aquella noche debía ser perfecta para ambos. Y él no debería tardar mucho más en llegar. Ella se limpió las manos con un trapo de cocina y abrió uno de los cajones, donde él solía guardar los paños. Rebuscó en él, pero no había ningún paño. Palpó distintos objetos que no reconocía hasta que se decidió a mirar más a fondo. Y fue cuando lo descubrió. Eran fotos de ella, de la otra ella. Pero no sólo eso. Ese cajón estaba lleno de mentiras, de pruebas que confirmaban que era él el asesino de su corazón. Dejó caer todo al suelo como si hubiese tocado una araña venenosa. Sus ojos se empaparon en lágrimas mientras se llevaba horrorizada las manos a la boca. Se negaba a creerlo, pero ahí estaba, todo delante de sus propios ojos, y ella tan ciega... Al principio pensó que no podía ser así, debía haber otra explicación, sí, eso. Se fue corriendo de aquel apartamento dejando el delantal en el suelo y la mesa puesta, con las velas consumiéndose y la música romántica sonando de fondo. Su casa se convirtió en su refugio durante los próximos días. No quería saber nada de él, tan siquiera de sus amigas. Sólo necesitaba explicarse todo aquello, pensar. Y, poco a poco, los días fueron dando sentido a todo. Salieron pruebas y más pruebas, rebuscó por cada rincón de la ciudad. Hasta que, finalmente, se vio a sí misma en el cementerio, rallando con una llave su nombre en una lápida. Estaba muerto para ella.

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