sábado, 11 de enero de 2014

¿Sabes esa gente que se cierra cada vez que le hacen daño? Soy de esos.

Y aquí estoy, gritándole a las rocas. Contándoles mis más íntimos secretos a los juncos, deseando que no se los relaten unos a otros a través del viento. Observándolo todo desde lo alto de una colina, mirando hacia los demás que están abajo atentamente, como si la vida no fuera conmigo. Alejándome cada vez más de ese montón de gente que se considera un pueblo. Ha sido más fácil de lo que creía. Solo tuve que dejar de prestar atención a sus palabras, darme la vuelta tranquilamente y caminar por un estrecho sendero colina arriba. Piensas que estos caminos son difíciles de tomar, que muchas manos te lo impedirán, pero no. Es triste que a pocos les importe, pero productivo. Cuando estás abajo tienes que rendir cuentas a todos, algo muy tedioso, preocuparte porque tus actos no hieran a nadie y todo eso. Pero si no hay nadie que tenga expectativas de ti, al menos buenas, no hay nadie a quién herir. Simple y sencillo. ¿Y para qué herir a más? Ya todos tienen bastante con sus cosas. Pero yo pienso... ¿He hecho mal? Desde luego no hay marcha atrás, el viaje está hecho. Es frustrante hablarle a los árboles sobre cosas que nunca entenderán, ni siquiera te escuchan. Pero, en definitiva, no se diferencian mucho de los de ahí abajo. Duele, pero yo me quedo aquí, ya volveré algún día.

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