jueves, 29 de mayo de 2014

Sobran precipicios

¿Alguna vez has estado al borde de un precipicio? Mirar hacia abajo marea un poco y, sin embargo, no puedes dejar de hacerlo. ¿Por qué los seres humanos tenemos esta faceta tan masoquista? Sentimos tal rechazo hacia la incertidumbre que no dudamos en tirarnos de cabeza a la piscina, invadidos por esa curiosidad que dicen que mató al gato. Pero el gato tenía siete vidas, nosotros no.

Todos nos hemos hallado frente a varios dilemas. ¿Preguntar o no preguntar? ¿Aceptar o declinar? ¿Tirarse al vacío o permanecer en el borde? Yo siempre he dicho que no hagas preguntas cuyas respuestas no quieres saber en realidad, o te arrepentirás de haberlas formulado. Pero, admitámoslo, nos encantaría saber qué hay más allá, aunque temamos que las consecuencias pueden ser catastróficas. Al mismo tiempo el miedo nos invade, gritándonos "¡Aléjate!". Aunque normalmente somos tan estúpidos que desafiamos a la vida.

Sí, es cierto. A veces consideramos una buena idea sentarnos en el borde del precipicio con las piernas colgando, o incluso bailar sobre él, como tentando a la suerte, exclamando "¡Eh, mira, aquí estoy! ¿A que no tienes narices a tirarme?". Y sí, hacer equilibrios con naranjas es divertido. Hasta que deja de serlo. Porque finalmente pasa lo inevitable. Nos damos de bruces contra el suelo y, de suerte, salimos vivos.

Pero, aún así, hay algo que nos empuja, que nos atrae hacia el peligro. Saca de nuestros labios la pregunta ineludible. Y es que dicen que la curiosidad mató al gato, pero murió sabiendo. Puede que a veces sea necesario vivir una aventura o escuchar una dolorosa verdad. Porque, masoquistas o no, lo que no somos es cobardes.




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