viernes, 20 de junio de 2014

Crecer

Nunca me ha gustado la idea de crecer. Durante toda mi vida he deseado algún método para permanecer en la mejor edad posible. Primero pensaba que los quince eran lo mejor, hasta que llegaron los dieciséis y las ventajas de estar en bachillerato. Después desee tener para siempre esos fantásticos diecisiete, hasta que los dieciocho y sus fiestas me hipnotizaron. Me volvió a suceder con los diecinueve y la vida universitaria, y, evidentemente, con los veinte. Pero cada vez que deseaba no crecer, más me daba cuenta de que lo que no deseaba era volver a los que había creído mis mejores años.

Una vez, caminando junto a mi madre por el paseo marítimo de Las Arenas, le pregunté si ella no desearía volver a ser joven, a tener mi edad por aquel entonces. Su respuesta que sorprendió: un rotundo no. Me dijo que disfrutaba de las novedades de cada año y que, sobre todo, no deseaba volver a la adolescencia, la cual recordaba como una pesadilla llena de granos. Para mí, una adolescente en plena edad del pavo, me pareció una locura. Los adolescentes no teníamos preocupaciones más allá de los exámenes, el acné, los chicos de clase y los aparatos dentales. Podíamos perder la tarde jugando a la PS y no pasaba nada.

El mundo de los adultos, sin embargo, se me antojaba algo aterrador. Niños que cuidar, el trabajo, la limpieza de la casa, no poder pasar el día jugando, perder el gusto por las novelas juveniles y los dibujos animados… Horrible. No entendía cómo alguien no quería volver a esa vida que, para mí, era la mejor posible.

Hoy recuerdo todo eso con gracia. Nunca llegué a encontrar el antídoto del crecimiento y, por primera vez en mi vida, me alegro de ello. Ahora es cuando veo mi vida comenzando a abrirse ante mí con todas sus posibilidades. Tener mi propia casa, mi propio trabajo, mi propio coche, mi propia mascota… Tener mi propia libertad.

Ahora que he crecido y que sé que lo seguiré haciendo, veo el mundo de forma diferente. No, no quiero volver a la adolescencia. No quiero volver a ver pasillos de instituto repletos de enanos maleducados y mayores quemando papeleras. No quiero ver a chicas mal vestidas que se creen las reinas, ni a chicos con chándal presumiendo de sus malas notas salvo en educación física.

La vida es diferente ahora. Y me gusta. Me encanta. Adoro apreciar un estilo de ropa diferente, más adulto. Poder salir una tarde simplemente a tomar un cocktail y que la compañía sea agradable y sea, sobre todo, la que yo he elegido. Poder elegir ser como quiero ser, y no lo que quieren que sea. Leer sin que me juzguen. Hacer deporte sin que me obliguen. Hablar con sabiduría ante un público que la aprecia.

Me he dado cuenta de que crecer no es despedirse de la vida anterior, sino transformarla a tu antojo. Se adquiere madurez que, lejos de quitarte diversión, te ayuda a encontrarte mejor contigo mismo. Vas entendiendo lo que quieres y cómo lo quieres, pero, sobre todo, lo que no deseas ni en pintura y estás dispuesto a apartar de tu camino sin que te pese. Los gustos cambian, y también las compañías, que se van amoldando a ti de forma natural.

Pero lo mejor de crecer, sin duda, es la mayor comodidad con uno mismo. No sé si es que nos vemos más guapos, que a veces lo dudo, sino que nos vamos aceptando y gustando como somos. Apreciamos el estilo propio y la personalidad. Antes parecíamos todos hechos por encargo. Si se llevaba la falda de vuelo, todas con falda de vuelo. Y a quién no la llevaba… Bueno, se podía olvidar de tener compañero de pupitre.

Ahora la personalidad de cada uno despunta como el amanecer. Y nos hace vernos mejor, disfrutar más de la propia apariencia y la forma de ser. La comodidad se torna seguridad y autoestima. Eso los demás lo notan. Nuestro cuerpo lo nota. Irradiamos confianza y optimismo, que se multiplica como por esporas surcando el aire de la ciudad.


Crecer no es malo. Crecer significa continuar un camino invisible. Alejarse de lo anterior para abrazar un cambio necesario. Sacudirse todo lo malo para agarrar con fuerza el deseo de un futuro mejor, que brilla con ganas, a lo lejos, como si fuera la ciudad esmeralda. 


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