jueves, 18 de mayo de 2017

La crisis del cuarto de vida

Supongo que todos vosotros habéis leído ese artículo que ronda por diversas redes sociales hablando de la crisis del cuarto de vida, una crisis que afecta a multitud de jóvenes de entre 23 y 25 años debido a la incertidumbre tras acabar los estudios. Pese a que es uno de esos textos inspiracionales que todos parecen compartir en Facebook, hay pocas personas que haya conocido que realmente admitan que han padecido esta crisis. Bien, pues que quede constancia de que, por mucha vergüenza que dé admitirlo, yo he pasado por ello.

He estado a punto de añadir "y lo he superado", pero no creo que sea cierto. He padecido esta crisis, con sus más y sus menos, pero sobre todo me ha afectado en los meses de primavera de 2015 y 2016. Puedo decir, con orgullo, que he sobrevivido a esta primavera, y estoy completamente segura de que ha sido gracias a un gran cambio de mentalidad que he tenido que hacer en los últimos años. Volviendo la mente a los miedos que me atacaban en mis peores momentos, tengo que señalar que todos tienen razón cuando dicen que no hay que preocuparse por la vida, pues todo va funcionando poco a poco.






Comencé esta crisis al finalizar el máster. ¿Por qué no al finalizar la carrera? Porque mi mente no dio el salto aún, supongo. Ese máster fue, para mí, como un quinto año de carrera, nada había cambiado. Misma facultad, mismos profesores, algunos compañeros que ya conocía... Había cambios, sí, pero no eran tan grandes. Sin embargo, al llegar la primavera, me di cuenta de que esa vida estaba a punto de acabar. Ya no habría clases, ni notas, ni nada de la vida que hasta entonces conocía. Tendría que trabajar, conseguir las cosas por mí misma y enfrentarme a la vida real.

Solo podía sentir miedo y nervios ante un futuro desconocido en el que no sabía cuál iba a ser mi siguiente paso. Tenía una carrera bajo el brazo en la que apenas había trabajo, un máster que me había decepcionado en varios sentidos y teniendo la sensación de que no sabía hacer nada y de que, lo que sabía hacer, no me llenaba. UFF. Ahí comenzó mi peor pesadilla: la ansiedad.

Pero eso es solo una forma de tomárselo, claro. A cada persona le afecta de una manera y la mía fue bastante dramática. La cuestión es que hay muchos miedos que te invaden. Miras a tus padres y parece que lo tienen todo resuelto de forma sencilla, y te preguntas si serás capaz de llegar hasta ahí, de encontrar un empleo en el que seas bueno -o tan solo un empleo-, de encontrar a la persona correcta, de ser capaz de cuidar de un ser humano que depende de ti, de estar al tanto de todo lo que sucede en la casa, de pagar las facturas, de saber hacer papeleos burocráticos... Y hacerlo de una pieza.

Parecía muy difícil. A eso se le sumaba una total falta de motivación y una pérdida absoluta del rumbo. Es uno de esos momentos en que te haces muchas preguntas a la vez: ¿Qué quiero hacer? ¿Quién quiero ser? ¿A dónde voy? ¿Seré feliz? Cuando estaba estudiando, tenía muchas expectativas de futuro y ninguna parecía que iba a cumplirse. No por falta de esfuerzo sino por una realidad completamente diferente. La vida no iba a ser tan genial como yo me la había imaginado, después de todo, y no tenía nada bajo control. Vamos, que estaba fallando en eso de ser adulto.

Pero, poco a poco, la vida fue pasando. Yo me tranquilicé, comencé a trabajar, descubrí que no era tan difícil como yo pensaba. Sí, cometí muchos errores, pero me reí de ellos mientras tomaba un cocktail con mis amigos. Fui aprendiendo casi sin darme cuenta. Fui adquiriendo responsabilidades muy lentamente, superando miedos tan absurdos que ni siquiera los mencionaba, resolviendo problemas según me iban surgiendo. La vida iba funcionando poco a poco, teniendo algo de sentido.

Voy a cumplir 25 años y sé que me quedará mucha crisis por delante, pero creo que estoy en el camino correcto para superarla. Y quiero que se visualice. No he sido la única que ha tenido estos miedos; he hablado con muchos de mis amigos y sé que, de algún modo u otro, todos nos hemos enfrentado a una terrible pregunta: "Y ahora, ¿qué hago?". Unos optan por irse lejos, otros por seguir estudiando, otros encuentran un trabajo mediocre, otros cambian de rumbo... No creo que nadie hayamos descubierto nada todavía, pero creo que cada vez nos preocupa menos tener la respuesta.

La vida es así. Va funcionando. Piensas que no sabes cómo afrontarás algo y, años después, te encuentras con que lo hiciste. Así que ahora solo me digo a mí misma: respira y relájate, no puedes controlarlo todo, la vida tiene sus propios planes. Ahora estás aquí, y estás bien, y, el día en que te encuentres con un problema, lo resolverás.

Además, hay mucha vida por delante. No tenemos que tenerlo todo decidido y planeado ya. Tenemos derecho a equivocarnos y a que no nos gusten ciertas cosas; a investigar y descubrir qué queremos hacer y qué nos hace más felices. Tenemos que dejar atrás esa presión que sentimos, dejar de compararnos con los demás y pensar que no tenemos que cumplir las expectativas de nadie. Solo así podremos respirar y aceptar que el futuro es incierto para todos, pero que iremos aceptando todo lo que nos ponga por delante.

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