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Elegir tu carrera no va a definir tu vida

Últimamente no hago más que encontrarme gente indecisa. Personalmente, odio tomar decisiones y es algo que me supone pasar por una temporada de dolores de estómago (por no decir de cabeza), así que lo entiendo perfectamente. Concretamente, muchos de los adolescentes con los que hablo, normalmente hermanos de amigos o hijos de compañeros de mi madre, están pasando el peor tiempo de su vida intentando averiguar qué es lo que quieren hacer en el futuro o qué opción tomar con respecto a sus estudios.

Por si hay alguien que se sienta identificado con la descripción, yo no voy a solucionar ese problema, quiero que lo sepas, pero quiero ayudar a que consigas llegar a la decisión haciendo que te sientas menos nervioso. Dicho por alguien que ha terminado sus estudios, los que siempre quiso hacer, no hay literalmente nada de lo que preocuparse.

Elegir una carrera, ya sea universitaria o no, es un paso importante, sí, pero no lo suficiente. Una carrera, aunque ahora puedas pensarlo, no va a definir tu vida. Ni siquiera tu trabajo. En muchas ocasiones tan solo es un mero trámite.

Es evidente que ahora no lo ves así. Yo tampoco lo veía así. Lo pasé terriblemente mal en el verano anterior a empezar la universidad y ese malestar no se me pasó hasta que tomé una decisión. Creía que estaba tomando la decisión más trascendental de mi vida, pero estaba completamente equivocada. Y te diré por qué.


Foto hecha por Manuel Laya.
Por si nunca me habíais visto trabajando. Estaba en un pleno de la Diputación.


1- Las decisiones no siempre nos definen. A veces solo son desviaciones en un camino. 

Me explico. Hay decisiones que, evidentemente, cambian tu vida. Tener un hijo, mudarte al extranjero, casarte... No obstante, la carrera no es una de ellas. Esta elección es tan solo una desviación en el camino. En determinado punto, el camino te ofrece varias vías y tú eliges una. Ese sendero puede ser más corto, largo, bonito o feo, pero eso no significa que te vaya a llevar a un lugar muy lejano o del cual no puedas salir.

Con ello quiero decir que si, por ejemplo, eliges una carrera universitaria, eso no quiere decir que en el futuro no acabes trabajando de otra cosa. Puedes estudiar derecho y acabar diseñando ropa, como Silvia Navarro. Puedes estudiar enfermería y acabar ganando un Goya, cono Nerea Barros. Puedes estudiar un grado medio y acabar siendo el director de una emisora de radio, como uno de mis compañeros de trabajo.

La vida va pasando y te va ofreciendo cosas. Nunca sabes cuáles. ¿Quién le diría a la persona detrás de Enfermera en Apuros que en vez de acabar atendiendo pacientes en un hospital acabaría diseñando líneas de artículos de papelería? Probablemente, si se lo hubieran dicho, no lo hubiera creído.

Así que, no. Eligiendo una opción de futuro no te estás cerrando puertas.


2- Mira a tu alrededor. No serás el primero ni el último que se cambia de carrera porque descubre que no es lo suyo, ni el primero que hace otra.

He conocido absolutamente de todo. Personas que en un principio decidieron no estudiar y acabaron entrando en la universidad con 25 años, personas que se apuntaron a mi carrera después de estudiar otra que no les gustaba nada, personas que hicieron una segunda o tercera carrera, personas que hicieron un módulo después de la universidad porque tenía más salidas, personas que pensaban que querían un trabajo manual y acabaron estudiando algo muy teórico...

Nunca sabes. La lista de personas que conozco que trabajan de algo muy distinto a lo que estudiaron es enorme. Ya sea porque fue lo que encontraron o porque es lo que verdaderamente les hacía felices.
De hecho, diría que es poca la gente que verdaderamente ha acertado a la primera o que ha terminado trabajando de lo suyo sin ningún cambio.

Con ello pretendo decir que no te pongas sobre ti una presión innecesaria. Date tiempo para ir averiguando qué te ofrece la vida o qué te apetece hacer. No tienes por qué saberlo instantáneamente.


Teniendo esto claro y habiéndote quitado un gran peso de encima, vamos a hablar sobre la decisión en sí. ¿Qué decisión es la mejor? ¿Qué estudio? ¿De qué trabajo? Vuelvo a repetir que, por desgracia, yo no lo sé. ¡No lo sé ni para mí! Ojalá tuviera una varita mágica que decidiera por ti, pero no es así. La respuesta solo la tienes tú.

Elige lo que crees que debes hacer, porque solo tú lo sabes. Ni tus padres, ni tus primos, ni tus profesores. Ellos te dirán lo que creen que es mejor para ti, pero no tienen la verdad absoluta. Nosotros somos los dueños de nuestro futuro, no los que están a nuestro alrededor porque no saben lo que estamos pasando por dentro.

Y, lo más importante de todo: no tienes por qué decidirlo ya. La decisión siempre llega cuando estamos preparados para ella. Si llega el momento y no lo tienes nada claro, olvídalo. ¡Hay otras opciones! Ve un año a estudiar al extranjero, haz algunos cursos, haz un voluntariado, ayuda a tus padres en su negocio si lo tienen... En definitiva, tómate un tiempo alejado del mundo estudiantil si eso te va a ayudar. Aunque creas que vas a decepcionar a tus padres, ellos prefieren que tú no estés mal, créeme.

Por último, después de mucho pensarlo, creo que solo hay un consejo que pueda dar y es tan sencillo como este: haz lo que verdaderamente te guste

Después de terminar mis estudios de posgrado, estuve hablando con muchísimos recién graduados (o a punto de serlo) porque me sentía muy insegura con respecto a la utilidad de lo que había hecho hasta la fecha. ¿Mi conclusión? que da igual si haces una carrera por que crees que es la que tiene más salidas, que si la haces por presión de tus familiares, o que si la haces por gusto. Va a sonar duro pero todos acabamos igual, y ya sabéis a lo que me refiero. De nada te sirve hacer económicas cuando no lo has disfrutado si vas a acabar en el mismo lugar que alguien que ha estudiado arte porque es su pasión.

Finalmente, hay un punto que sí me gustaría dejar claro. Y es que, hagas lo que hagas, te van a apoyar. Todos tenemos miedo de que nuestros familiares no acepten nuestras decisiones, pero en la mayoría de los casos se queda solamente en eso, un miedo. Pasamos más tiempo preocupados por lo que van a pensar que en descubrir si realmente lo van a pensar o no, y eso es lo que nos hace estar mal y lo que nos come por dentro. Lo mejor que puedes hacer es comunicarte con tus padres y explicarles tu punto de vista. Puede que les cueste, pero al final siempre te van apoyar porque te quieren y quieren lo mejor para tu bienestar.